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En un sistema digestivo saludable hay muy poca actividad bacteriana. En cambio en el intestino grueso hormiguean literalmente billones de estos organismos microscópicos.

La actividad bacteriana en el intestino grueso juega un papel importantísimo en la nutrición y la digestión. Estas bacterias amistosas sintetizan nutrimentos valiosos al digerir porciones de la masa fecal. Entre otras la vitamina K y parte del complejo B se producen allí.

Cualquier proteína sobrante es desdoblada por las bacterias en sustancias más simples. Las sustancias resultantes de la actividad bacteriana son muchas, tales como indol, escatol, sulfuro de hidrogeno, ácidos grasos, metano y dióxido de carbono. Algunas de estas sustancias son muy toxicas y fétidas, de ahí el olor característico de las heces.


Cuando el intestino se encostra con materia fecal debido a malos hábitos alimenticios, disminuye la absorción de nutrientes vitales. Esto es el equivalente a un apagón. El ciclo de energía sufre un corto circuito y esto provoca un decaimiento en la integridad de los tejidos.


Las acumulaciones sobre la pared intestinal se convierten en un criadero de vida bacteriana nociva. La pesada capa de mucosidad que recubre al colon se engrosa y se genera un proceso de putrefacción.


Existen pocas posibilidades de supervivencia de las bacterias benéficas y el colon se infesta de parásitos, virus y bacterias dañinas productores de toxinas.
La acumulación de toxinas y organismos patógenos en el colon se filtran hacia la sangre como si existiera un veneno que se libera paulatinamente que socava la salud y vitalidad de los tejidos.


Se sabe que el magnesio actúa como relajante del intestino y es el elemento más importante para que haya un buen peristaltismo.

Bernard Jensen

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